jueves, 14 de diciembre de 2017

El ciclo catalán

Helmut G. Koenigsberger, un historiador británico de origen alemán, acuñó el término «Estado compuesto» para referirse a la estructura de la mayoría de los reinos europeos en la Edad Moderna. Esos que desde la visión actual y con inevitable anacronismo consideramos Estados –España, entre ellos– eran, básicamente, un conglomerado de entidades políticas diferenciadas, aunque sometidas a un monarca común. Cada una de ellas podía tener su lengua propia, sus “señas identitarias particulares”, y sobre todo unas instituciones, leyes y regímenes fiscales y económicos propios y exclusivos. Los naturales de esos territorios (en particular, los pertenecientes a las minorías acomodadas) exigían el reconocimiento de esas diferencias, las que llamaban sus “libertades” y de hecho, la aceptación del poder real se entendía condicionada a un pacto entre el monarca y las instituciones locales. Así, durante los siglos XVI y XVII, estaba bastante asentada la idea de que España –como otros reinos europeos– era una unión de entidades aeque principaliter (de igual importancia). El Principado de Cataluña era, desde luego, una de esas entidades; es más, era una de las más celosa de sus “privilegios”. En todo caso, no se debe perder de vista que esas instituciones, derechos y libertades provenían siempre del feudalismo, no eran sino privilegios de los señores frente al monarca (y para nada beneficiaban al pueblo, más bien al contrario). Una de las notas de la transición de la Edad Media a la Edad Moderna consistió precisamente en el esfuerzo de los monarcas de construir los nuevos Estados y, para ello, les era necesario abolir o al menos debilitar los contrapoderes nobiliarios. Fue, claro está, un proceso largo (no en vano existieron esos Estados compuestos durante tanto tiempo) y violento. Pero, sobre todo, no fue igual en todos los territorios. En Cataluña, por ejemplo, Fernando II (sí, el de Isabel), que por algo fue el modelo del Príncipe de Maquiavelo, optó por la estrategia del pactismo moderado que culminó con la Constitució de l’Observança (1481) que pacificaba un país convulso y arrasado tras la Guerra Civil. En Castilla, por la misma época, su cónyuge consiguió arreglárselas bastante bien con los altivos y desobedientes señores de la época. Pero probablemente fue a principios del reinado de su nieto cuando, con el aplastamiento de los Comuneros, se sofocaron para siempre las veleidades “separatistas” (en el sentido de insumisión a la Corona) de los pueblos de lo que era ya el gran reino de Castilla. Es natural, por tanto, que los monarcas de la casa de Austria se sintieran mucho más cómodos en el lado castellano (y, por cierto, exprimieran mucho más a sus habitantes que a los aragoneses, valencianos, catalanes, baleares y navarros).

En fin, el término «Estado compuesto», aunque sea de invención reciente (data de 1975), me parece que es bastante adecuado para sintetizar la naturaleza de esos conglomerados de naciones, señoríos o como quiera llamárselos regidos por un Monarca con vocación de absoluto pero, aún así, obligado a “pactar” o “hacer concesiones” a las distintas piezas del mosaico. En el caso español, lo cierto es que todos los Austrias se movieron en un equilibrio inestable entre los intentos de homogeneizar y unificar la monarquía y contentar, mediante concesiones, las reivindicaciones que venían, sobre todo, de Cataluña. Este conflicto siempre latente y con periódicas explosiones violentas (aunque hoy los catalanes se proclaman gent de pau) es valorado de muy distinta forma según las tendencias ideológicas de los historiadores (por ejemplo, Joaquim Nadal i Farreras (el que fuera conseller con Pasqual Maragall) afirma que el sistema pactista que serviría de pauta para la articulación de toda la monarquía hispánica sería puesto duramente a prueba por el “agresivo nacionalismo castellano”). Lo cierto es que hubo no pocos incidentes que pueden interpretarse como muestras de que Cataluña distaba de estar bien encajada en lo que sería el Estado, y unos cuantos tenían motivaciones de carácter económico. O sea, que aunque estemos mirando a una época muy distintas en términos políticos (los factores en juego eran muy otros y, desde luego, no contaban para nada cosas como democracia o derechos humanos), llama la atención que desde los orígenes de la unión dinástica haya existido, salvando las distancias, un “problema catalán”. Y por tanto la Historia parece atestiguar que algo particular tendrían los catalanes (los notables catalanes) porque, a diferencia de los otros pueblos de la Península, incluyendo los que también formaban parte de la Corona de Aragón, mantuvieron con más continuidad y constancia un afán de reclamar sus singularidades y exigir privilegios y cotas de autogobierno.

Habrá quien piense que, aún admitiendo una mayor belicosidad de los catalanes (una menor disposición a integrarse o a renunciar a sus peculiaridades), la monarquía hispánica no fue capaz de aplastar el molesto catalanismo (permítaseme este otro anacronismo) como, por ejemplo, si supieron hacer los reyes franceses y, después de ellos, los revolucionarios republicanos. No sé si ello hubiera sido posible ejerciendo más mano dura, pero de lo que no cabe duda es que desde Felipe II hasta el siglo pasado ha habido un buen número de “pacificaciones” de Cataluña, que hacen que no sea demasiado exagerada la frase atribuida a Espartero: “Hay que bombardear Barcelona cada 50 años para mantenerla a raya”. Es decir, que llevamos ya más de cuatrocientos años con una pauta que se repite sin fin: aumento de la desafección en Cataluña respecto del resto de España (dan un poco igual los motivos concretos), explosión y enfrentamiento con el Estado, represión más o menos violenta que derrota al “catalanismo”, aparente pacificación y vuelta al redil a lo que siempre han contribuido concesiones desde el Estado (el catalanismo es especialista en obtener beneficios tras las derrotas), y progresivo aumento de la desafección reiniciando el ciclo eterno. A ver si saco tiempo para repasar la historia catalana (y española) desde la óptica de este conflicto, cuya evolución parece responder a una función sinusoidal. Pendiente de ello, creo que puede admitirse, al menos de forma provisional, que a lo largo de los últimos cinco siglos nunca se ha alcanzado una situación de equilibrio estable en lo que se refiere a la integración de Cataluña en el conjunto del Estado. Los catalanes (la minoría dirigente, pero cada vez mas la población en general) siempre han reclamado y obtenido cotas de autogobierno notablemente mayores que el resto de entidades territoriales del Estado, y pareciera que nunca han sido suficientes. Mas creo que es justo señalar también el contrapunto: los castellanos (simbolizando en ellos las minorías que han ido construyendo –con no demasiado éxito– el Estado) siempre han recelado de esas pretensiones de autonomía catalanas, no han querido entenderlas (casi ni conocerlas) y en numerosas ocasiones han procurado menoscabarlas si no suprimirlas.

Que a estas alturas, después de tanto tiempo, la versión actual del conflicto se siga planteando en acusaciones mutuas entre ambas partes, sin la más mínima empatía, no es, a mi juicio, sino una elocuente demostración del carácter estructural del problema. Ojalá no existieran los nacionalismos, ojalá los seres humanos no tuvieran ese afán –que a mí me parece enfermizo– de exaltar sus peculiaridades que, para colmo, son nimiedades ridículas frente a las mucho más importantes características comunes (es como lo de ver la paja pero no la viga). Pero la realidad es como es y no como a uno le gustaría que fuera. Por eso, si llevamos quinientos años con esta película cansina, ¿es razonable pensar que algún día podremos llegar a una estructura de Estado (de reparto competencial, de integración solidaria, etc) en la que catalanes y resto de españoles nos sintamos a gusto unos con otros? Me consta que, tanto desde Cataluña como desde “Castilla”, hay muchos que piensan que la solución “pactista” no puede sino parchear el problema, incluso que para que el parche aguante un mínimo de años el pacto sería inadmisible. Entonces, ¿qué queda? Porque hoy en día, bombardear Barcelona tiene difícil venta.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Incestuosa concepción

Los progenitores de Adolf Hitler fueron Alois Schicklgruber (1837-1903) y Klara Pölzl (1860-1907). Alois fue hijo ilegítimo de Maria Anna Schicklgruber (1795-1847), quien cinco años después de parirlo se casó con Johann Georg Hiedler (1792-1857). En 1876, cuando Alois tenía 39 años y hacía ya bastante que habían muerto su madre y su padrastro, se legitimó su nacimiento como hijo de Johann Georg Hiedler y cambió su nombre a Hitler (un error de grafía del párroco, debido a que Hitler y Hiedlet se pronunciaban casi igual). Pero quién fue realmente el abuelo paterno de Adolf sigue siendo un enigma. Por el lado materno, de otra parte, los padres de Klara fueron Johann Pölzl (1828-1902) y Johanna Hiedler (1830-1906). A su vez, Johanna era la hija mayor de Johann Nepomuk Hiedler (1807-1888), hermano menor del abuelo oficial de Adolf y en cuya granja de Spital (villa de la Baja Austria, hoy frontera con la República Checa). Por tanto, “oficialmente”, la madre del futuro führer, era hija de la prima del padre (sobrina segunda = quinto grado de consaguinidad). Ahora bien, una de las hipótesis sobre la identidad del abuelo paterno de Adolf con más fundamento es que fuera Johann Nepomuk, y no su hermano mayor. En tal caso, Alois se casó con su sobrina carnal (la hija de su medio hemana, no de su prima) y, por tanto, la consanguinidad sería mayor (tercer grado).

Aprovechando la oscuridad genealógica del que había de ser el gran malvado del siglo XX, Norman Mailer ficciona la infancia de Hitler exacerbando sus orígenes incestuosos. De entrada, se suma a quienes sostienen que el padre de Alois fue Johann Nepomuk, pero añade que los Hiedler eran primos de los Schicklgruber. No he encontrado ninguna mínima argumentación al respecto, así que supongo que es una invención del novelista, pero tampoco improbable en el entorno campesino de la época. Maria Anna, de 42 años y soltera por aquellas fechas, trabajaba como sirvienta en Graz; en algún habría regresado a su pueblo natal, Strones, y allí habría coincidido con su primo que habrían ido desde Spital donde residía a visitar a los parientes. Se encontraron, le embargó la nostalgia de sus juegos de infancia y fueron a darse un buen revolcón en algún pajar del pueblo. Así, según Mailer, fue concebido Alois. Y Maria Anna se lo dijo a su primo el cual, como ya tenía una familia, optó por pasarle dinero todos los meses (ella decía que se lo mandaban desde Graz, lo que dio origen a que se pensara que el padre del niño era su antiguo patrón, y más tarde corrió el bulo de que era un judío adinerado) y, posteriormente, arregló el matrimonio con su hermano mayor, por lo visto un borracho impenitente.

La madre de Alois murió de tuberculosis cuando éste tenía diez años. Pero desde antes el pequeño había sido mudado de Strones a la granja de su tío (¿padre?) en Spital. Mailer sugiere que eso ocurrió cuando el crío tenía cinco años; si así fue, habría sido al poco de entrar en el hogar Johann Georg en calidad de marido. Es probable que maltratara al niño y por eso la madre y el cuñado se pusieran convinieran en el cambio de familia. Desde luego, Alois salió ganando; en primer lugar porque la situación económica de Johann Nepomuk era aceptablemente holgada y, de otra parte, porque fue recibido con entusiasmo y cariño por las tres hijas del matrimonio, encantadas con tener un hermanito al que cuidar. En su papel de fabulador, Mailer nos cuenta que desde muy jovencito Alois resultó bastante mujeriego, lo que ciertamente lo confirmaría adulto (tuvo tres mujeres y no pocas amantes). Así, en cuanto llegó a la pubertad, empezó a practicar juegos ilícitos con sus hermanas, que tanto lo querían. Siempre según el novelista, cuando el chiquillo tenía trece años, Johann Nepomuk lo sorprendió retozando en el establo con Walpurga, su segunda hija, entonces de dieciocho y ya prometida. De modo que, con gran dolor de su corazón, tuvo que sacarlo de la casa en previsión de males mayores (parece que el diablillo ya había jugueteado también con Josefa, la hija pequeña) y enviarlo a Viena como aprendiz de zapatero. Y en la capital del Imperio a Alois le fue muy bien: después de cinco años en una tienda de botas, se presentó e ingresó en el cuerpo de aduaneros de los Habsburgo, donde desarrolló una carrera funcionarial de notable éxito para un hombre sin casi educación. No volvió a Spital hasta 1859; Johann Nepomuk, destrozado por la muerte de Josefa y añorándole, le pedía que los visitara.

Alois Schicklgruber (todavía no se había cambiado el apellido) apareció en su antiguo hogar como un apuesto joven de 22 años embutido en su lustroso uniforme de aduanero. La que más se entusiasmó al verlo fue su hermana mayor, Johanna, que por entonces tenía veintinueve años. Llevaba once años de matrimonio con un tal Johann Pölzl , al que había dado seis hijos, aunque solo dos sobrevivían. El caso es que fue ver a su primo o medio hermano y volver a ser la adolescente que lo abrazaba cariñosamente; así que, a la primera oportunidad, rememoraron los revolcones infantiles pero esta vez no tan inocuos. De hecho, un único coito bastó para que Johanna se quedase embarazada; en agosto de 1860 nacería Klara Pölzl. Dieciséis años después, esta Klara, oficialmente sobrina de Alois pero en verdad su hija (Mailer dixit), fue a trabajar como criada del matrimonio Hitler (ya se había cambiado el apellido) a Braunau am Inn. Allí vio como Alois se separaba de Anna Glassl, su primera mujer, y se casaba con Franziska Matzelberger. Esta murió en 1884 y pronto su tío o padre la convirtió en su amante, para casarse en enero de 1885, con veinticuatro años. Antes de parir a Adolf, Klara tuvo tres hijos (Gustav, Ida y Otto), que murieron casi a la vez. Adolf Hitler, nacido en 1889, fue el primero que sobrevivió, aunque también lo hicieron sus dos medio hermanos mayores Alois Jr. Y Angela (hijos de Franziska) y sus dos hermanos menores Edmund y Paula.

La invención verosímil de Mailer la cuenta un “oficial del Maligno”, un demonio al servicio del “Maestro” que se ocupó de Adolf Hitler desde el principio de su vida. En la guerra entre Dios con su ejército de ángeles y el Diablo con los suyos, ambas partes rivalizan por la posesión de hombres y mujeres. Pues resulta que los frutos del incesto son los que, en principio, mejores probabilidades ofrecen para ser poseídos por el Maligno. De ahí que un ejemplar tan incestuoso como el futuro führer –nieto de primos, su madre hija de su padre– fuera cliente potencial desde antes incluso de su concepción. En la novela, el diablo narrador, durante los años finales de la década de los treinta, se encarna en un oficial de las SS que trabaja para demostrar la obsesiva intuición de Himmler sobre Hitler: que su todopoderosa Voluntad provenía del hecho de ser hijo incestuoso. En fin, que yo sepa esta teoría del incesto es otra invención de Mailer para dar soporte a su trama. Supongo que se le ocurriría como una especie de contrapunto de la inmaculada concepción de Jesucristo. Si en la naturaleza humana de éste sólo había carga genética de la madre, en la de los potenciales representantes del Mailgno entre los hombres, aunque los genes provengan de padre y madre, han de ser lo más comunes posibles entre sí. Si tal es la teoría, habría concluir que el Anticristo ha de tener por padres a dos gemelos idénticos (como han de ser del mismo sexo, la concepción habrá de ser con medios artificiales).

viernes, 8 de diciembre de 2017

Hotel California

Hoy se cumplen 41 años. Cuarenta y un años desde mi segundo nacimiento, parto atroz que, a diferencia del primero, es un recuerdo cruel y doloroso. En cambio, apenas guardo memoria de los diecisiete y pico años previos, una sucesión de escenas borrosas de las que siento que es otro, no yo, el protagonista. Son cortes breves de película, fotogramas inconexos y dañados. Me veo liando un porro y enseguida riendo. Me veo ante el director del instituto, sin entender sus airadas palabras, ensimismado en el frenético movimiento de su boca y el refulgir de su diente de oro. Me veo desnudo en mi habitación, desnudos también Mike y Jenn, los tres cuerpos revueltos. Me veo en silencio, toda mi piel enrojecida, ardiente, frente a mis padres; él salmodia palabras que parecen condenas –drogas, perversión, homosexualidad–, ella llora. Me veo en el asiento de atrás de la ranchera de mi padre, el viejo Dodge verde con bandas imitando madera. Una carretera infinita que rasga el desierto en dos mitades, el viento frío se cuela por las rendijas de las ventanillas mal cerradas y es una aguja helada que me horada las fosas nasales, la garganta, los pulmones. Al mismo tiempo, el humo cálido y agrio de los cigarrillos de mis padres me embota la cabeza. Está anocheciendo y estoy cada vez más mareado. De pronto, al final de la recta, destella una trémula luz de neón. Ahí es, dice mi padre, el Hotel California. Y siento la tenaza de la angustia apretándome el estómago, me desvanezco por unos instantes en la oscuridad, miedo negro.

Ella estaba allí, de pie en el porche que enmarcaba la entrada principal. La mirada acuosa absorta hacia el desierto, silueta de serpiente, pelo negro con reflejos azules que se recogía en una gruesa trenza que le recorría toda la espalda. Mientras el Dodge ocupaba su plaza en el aparcamiento de tierra no cesé de observarla embobado, nunca había visto una mujer así, era bella, bellísima, pero lo que me subyugaba iba más allá de la belleza. Entonces, en el momento en que mi padre detuvo el coche, resonó el tañir de unas campanas, ecos solemnes parecieron inflar el aire. Esto fue antes una misión franciscana, aclaró mi madre. Pero yo pensé que había llegado al cielo o quizá, tras recapacitar un momento, al infierno. Soy Úrsula, se presentó la diosa (pero solo me miraba a mí), ustedes serán los Walker y tú Joe, ¿verdad? Pasamos a un vestíbulo amplio, en una esquina un pequeño mostrador de madera clara. Mis padres firmaron en un libro de registro, luego me abrazaron, vendremos en una semana, me dijeron. Las cosas sucedían sin transiciones, como cuadros de un sueño. De pronto mis padres no estaban y había aparecido un hombre calvo, fornido y algo rechoncho, vestido con una especie de kimono blanco; tenía mi maleta. No creo que te necesite de momento, Sam, le dijo Úrsula. ¿Quieres acompañarme, Joe? La seguí a lo largo de un oscuro pasillo, ella sostenía una palmatoria con una vela aromática, la llama dibujaba caprichosas formas en las paredes. Mientras caminábamos creí escuchar voces apagadas, algunas lastimeras, otras burlonas; bienvenido al hotel California, me pareció entender.

Me enseñó mi habitación, una pequeña celda abovedada, paredes y techos encalados, una estrecha ventana ojival hacia un jardín de cactus, una cama estrecha, un armario empotrado, una mesita de noche enana. El baño está dos puertas más allá, me informa Úrsula; ahora descansa un rato y en un rato vendré a recogerte para la cena. Yo seguía escuchando las voces en mi cabeza –bienvenido al hotel California– y entonces ella sonrió e iluminó la habitación: bienvenido al hotel California, Joe, verás que es un lugar adorable en cualquier época, verás que está lleno de habitaciones y de experiencias. Se acercó a mí y me abrazó, sentí su carne vibrante apretarse contra la mía, creí que las piernas no me sostendrían. Y luego, siempre sonriendo, se fue, cerró la puerta tras de sí, yo me acosté, me sentía muy cansado, en efecto, y al mismo tiempo feliz, enamorado de Úrsula, dispuesto a todo por volver a abrazarla. Pero Úrsula no vino, pasaron los días y no me moví de esa habitación, de esa cama a la que, en los breves momentos de parcial lucidez, me veía atado por unas cintas de goma que me sujetaban piernas, brazos y frente. Pasaron los días y me visitaron cientos de demonios, pero al cabo las pesadillas se fueron desvaneciendo y también se amortiguaron los dolores, esos pinchazos eléctricos que me horadaban el cerebro. Comprendí que me estaban transformando, que troceaban mi yo para combinar los pedazos de mil modos distintos. Al final –¿cuánto tiempo había pasado? – apareció Úrsula, me liberó de las ataduras, me enderezó sobre la cama (había perdido casi toda mi masa muscular) y, siempre sonriendo, me abrazó y me besó. ¿Quieres ser uno de mis amigos?

Aquella noche fui con ella a sus dependencias, en otra ala del edificio. Una sala enorme, llena de sofás desvencijados y alfombras de patchwork. Había varios chicos de mi edad y algo mayores, todos muy delgados, todos en slip, todos con miradas perdidas. Sonaba música psicodélica –reconocí temas de Grateful Dead y de Jefferson Airplane–, y algunos bailaban en el patio al que se abrían unos grandes ventanales. Úrsula me llevaba de la mano, baila, me dijo, baila como ellos, baila para recordar o baila para olvidar. De pronto no estaba a mi lado y temí que todo fuera un sueño, que estuviera atado a la cama, con agujas hipodérmicas en el brazo, con electrodos en la cabeza. Me dejé caer en uno de los sofás, junto a un hombre con bata, gruesas gafas de concha, melena blanca. ¿Quién eres? Soy el director del hotel, me contestó. ¿Quién eres? Soy el jefe médico del hospital, me dijo. ¿Quién eres? Llámame capitán, grumete, me gritó con voz airada. Disculpe, capitán, querría que me sirvieran vino. No tenemos vino desde hace muchos años, pero es la hora de tu medicina. Entonces me quedé dormido y dormí mucho tiempo, hasta que me despertaron unas voces, en mi habitación estaban aquellos chicos esqueléticos, los amigos de Úrsula, que cantaban una hipnótica melodía. Bienvenido al hotel California, decían, aquí vas a disfrutar como nunca, olvida tus prejuicios, Úrsula te espera, ve con ella.

Seguí a esos espectros a lo largo de los pasillos hasta desembocar ante una puerta de cuarterones dorados. Dentro había una inmensa cama flanqueada por cuatro pilastras salomónicas y sobre ella yacía Úrsula desnuda, con una copa de champán rosado. Me acosté a su lado, boca arriba. Ella se giró hacia mí, se enroscó a mi cuerpo, apretó su boca abierta contra mi cuello. En el techo, un inmenso espejo de devolvía la imagen de dos cuerpos: el mío, amarillento y enflaquecido, y el de un monstruo con piel de escamas, extremidades con garras y una cabeza a medias entre ofidio y rapaz. Aquí todos somos prisioneros, me dijo, tienes que escapar mientras aún te sea posible, e inmediatamente me besó y sentí una succión intensa, a la vez que sus lágrimas me mojaban el rostro. Y en ese momento, un estruendo ensordecedor, la puerta se abre y aparece el capitán, el rostro desencajado por la ira, detrás los chicos desnudos, mátalos, mátalos, gritaban en coro satánico, y reían a carcajadas histéricas. Lo último que recuerdo es huir aterrorizado por esos pasillos oscuros, buscando desesperadamente la salida. Mientras corría las voces retumbaban en mi cerebro: bienvenido al hotel California, donde estamos encantados de recibirte, donde siempre puedes entrar pero nunca podrás salir.


PS: Ayer, oyendo la radio en el coche, me enteré de que hoy se cumple 41 años de esta mítica canción de The Eagles. Pensé en escribir mi recuerdos de cuando escuché aquel LP por primera vez (lo tenía mi amigo Mario), pero luego decidí hacer un breve relato a partir de la enigmática letra de la canción.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Partero y enterrador

Durante la década de los noventa, la mayor parte de mi tiempo laboral estuvo dedicada a la elaboración del Plan Insular de Ordenación de Tenerife (PIOT), primero como coordinador desde el Cabildo de un equipo profesional externo y luego como responsable directo de la redacción del documento. El Plan Insular estaba concebido entonces como lo que fueron en la vieja legislación estatal del suelo los planes directores de coordinación; es decir, tenía por objeto definir el “esquema básico de la estructura territorial insular” así como unas directrices a modo de “reglas de juego básicas” para los procesos de transformación territorial. Pero –y esto es muy importante–, el PIOT no pretendía ser “directamente operativo”; es decir, no se concebía como la norma que había de aplicarse para conceder una licencia de obra, para aprobar un plan de urbanización de un sector, para autorizar un proyecto de nueva carretera. Tales funciones competían a los planes generales, formulados y gestionados por los Ayuntamientos (31 hay en esta pequeña isla). Naturalmente, cada Plan General debía desarrollar y concretar sobre el territorio de su municipio las directrices básicas del PIOT. Para hacer más complicado el sistema, había multitud de aspectos (el turismo, los grandes centros comerciales y de ocio, los espacios naturales protegidos) cuya ordenación, en atención a su relevancia, se remitía a instrumentos específicos (planes territoriales), distintos de los municipales. De este modo, se configuraba un entramado de competencias en la ordenación del territorio muy interdependientes unas de otras, en el marco de un sistema de planeamiento fuertemente jerarquizado (al menos en teoría). A ello se sumaba una legislación que pretendía someter casi todo a los planes (exagerando: nada se podía hacer si no estaba previsto en algún plan territorial o urbanístico vigente).

En la práctica, claro está, el sistema no funcionó. En primer lugar, ya desde los primeros tiempos de redacción del PIOT se debía haber sabido que no se daban las más elementales condiciones de lealtad institucional por parte de los Ayuntamientos. Lógicamente, un gobierno local procura evitar condicionantes derivados de la ordenación insular que pudieran impedir expectativas concretas que considere beneficiosas para el municipio. Se produce siempre un conflicto de intereses que, según dicta el sentido común, debería ser resuelto primando lo supralocal frente a lo local. Sin embargo, en esta Isla, el peso municipal en la configuración de las estructuras de poder es muy importante, lo que ha llevado a la incapacidad práctica –o a la falta de voluntad, que para el caso es lo mismo– de los responsables de las instituciones supramunicipales (Cabildo y Gobierno de Canarias) para lograr que los planes generales fueran en efecto los que desarrollaran y dieran contenido real al modelo esquemático de ordenación del PIOT. Bajo la apariencia de cumplimiento formal, durante los últimos quince años (desde la entrada en vigor en 2002 del Plan Insular), los planes generales que se han ido aprobando apenas cumplían la finalidad que se pretendió que alcanzaran y, en la práctica, el PIOT se había convertido en un obstáculo añadido en el largo proceso de formulación de los planes, más que en una referencia de ordenación en la que casi nadie creía, ni siquiera los responsables políticos del Cabildo, que lo veían (y lo ven) como un engorro burocratizado que no contribuye a resolver nada sino que es un problema añadido.

Para ser justos, la cuasi-inutilidad del Plan Insular –la casi nula efectividad en propiciar que los procesos de transformación territorial contribuyeran a hacer realidad el modelo de ordenación que había propuesto para la Isla– no puede achacarse en exclusiva a la deslealtad institucional ni a la escasa voluntad de “gobernar el territorio” que han demostrado los responsables políticos. Pueden mencionarse muchos más factores que han conducido a una situación de absoluta parálisis de la actividad planificadora desde la Administración Pública. Esta crisis generalizada del planeamiento justifica las prédicas de los apóstoles neoliberales, que claman para que desaparezcan los condicionantes que desde los planes se establecen a la localización de usos y construcciones en el territorio. Y, a su vez, esta ideología, que es cada vez más dominante, propicia el desinterés de los responsables políticos por hacer planes que sean instrumentos útiles para ordenar los procesos territoriales. Ahora bien, siendo esto así, quizá a los que nos dedicamos a este oficio nos ha faltado, además de una saludable dosis de autocrítica, la necesaria imaginación para reinventar los planes territoriales y urbanísticos de modo que recuperaran su función original de herramientas eficaces y positivas; demostrar con los hechos que planificar el territorio, ordenarlo, es mejor para todos (incluyendo a los agentes inmobiliarios) que no hacerlo.

El caso es que, tras quince años de vigencia del PIOT, en esta Comunidad Autónoma había un sentimiento generalizado de hastío y rechazo hacia el planeamiento en general. La consecuencia ha sido la aprobación por el Parlamento de Canarias de una nueva Ley del Suelo que, más que aportar un enfoque revitalizador del planeamiento, ha optado por limitar sus capacidades obstaculizadoras. Para ello, uno de los principios básicos que rigen el nuevo marco legal ha sido deslindar tajantemente las competencias de ordenación entre los Cabildos y los Ayuntamientos. Los Planes Insulares (y los planes territoriales a los que estos remitan) ya no pueden definir modelos genéricos de ordenación y obligar a los planes municipales a desarrollarlos y concretarlos. A partir de ahora, esos planes han de limitarse a ordenar aquellos elementos o materias de indiscutible relevancia insular, sin decir nada sobre el resto del territorio. Para que se entienda: el Plan Insular puede ordenar los espacios naturales protegidos, las áreas que delimite como estratégicas (por ejemplo, polígonos industriales insulares), los elementos de primer nivel de las redes de infraestructuras o equipamientos … Pero no puede –como sí hace el vigente– establecer criterios que deben respetar los planes municipales para delimitar las áreas de crecimiento urbano, o regular las condiciones de admisibilidad de los “usos ordinarios” (los que carecen de relevancia insular). En síntesis: el Plan Insular de Ordenación que configura la nueva Ley es radicalmente distinto al que concebimos hace 25 años y que está en vigor.

Normalmente, cuando se aprueba una Ley (en especial en mi ámbito profesional) se abre un periodo de cierta confusión, en particular sobre lo que sigue vigente o no. Estas dudas van surgiendo poco a poco, a medida que requerimientos concretos exigen que se planteen y se resuelvan. En este caso, sin embargo, la nueva Ley tiene una disposición derogatoria que alude a los Planes Insulares, diciendo expresamente que quedan derogadas todas sus determinaciones que la contradigan. Por más que sea una obviedad, el que el legislador haya querido citar los PIO –y no los planes municipales, por ejemplo– es síntoma, a mi juicio, de la conciencia de que aquéllos (los siete vigentes, uno por isla) tienen divergencias importantes (estructurales, diría yo) con el nuevo marco legal. Por eso, la disposición derogatoria añade que “en aras de la certidumbre jurídica, las administraciones competentes adaptarán los instrumentos de ordenación a este mandato, suprimiendo las determinaciones derogadas”. O sea, que los Cabildos hemos de revisar nuestros Planes Insulares, artículo a artículo, plano a plano, y decidir cuáles de sus disposiciones concretas han quedado derogadas. En esta tarea llevo enfrascado las dos últimas semanas. A falta ya de muy poco, concluyo que un porcentaje muy alto del PIOT vigente ha quedado derogado (en realidad, casi sería más congruente derogarlo completamente). En unas semanas, mi informe-propuesta tendrá que ser debatido y finalmente aprobado por el Pleno de la Corporación. Tiene un regusto irónico, o de justicia poética, si se quiere, que la misma persona que hace casi treinta años empezó los trabajos de elaboración del PIOT sea ahora la encargada de certificar su defunción.

domingo, 3 de diciembre de 2017

De Xavier a Javier

Hoy, 3 de diciembre, es San Francisco Javier (1506-1552), jesuita navarro de la primera hornada, misionero en el Lejano Oriente y canonizado por Gregorio XV junto a Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Isidro y Felipe Neri. Hoy es el santo de los javieres que, si tienen suficiente edad, se llamarán Francisco Javier y si son más jóvenes, cuando ya se podían poner nombres a los recién nacidos sin respetar el santoral, quizá se llamen Javier a secas o en cualquier otra combinación. Lo cierto es que bastantes de quienes llevan este nombre ignoran que Javier es una localidad de la comarca de Sangüesa, precisamente en la que nació el santo. Su nombre completo era Francisco Jasso Azpilicueta Atondo y Aznarez; su padre, originario de la Baja Navarra (en Francia), era presidente del Consejo de los reyes de Navarra, Juan de Albret y Catalina de Foix, los últimos antes de la conquista por Fernando el Católico.

Un amigo muy cercano celebra hoy su santo. Sus padres le bautizaron e inscribieron en el registro con el nombre de Francisco Xavier, así con X y V, que es la grafía usada en el catalán, pero también en francés, inglés y portugués. De modo que quienes no lo conocen, pronuncian su nombre con el actual sonido de la X pero él reclama que debe decirse con el fonema de la actual J, del mismo modo que pronunciamos Méjico aunque escribamos México. También hay quienes suponen que mi amigo es catalán y, cuando se enteran de que nació en San Sebastián, le preguntan que por qué entonces no escribe Xabier, como es en euskera. Porque así, Xavier, era como se escribía en la época de San Francisco. Y se escribía así en el castellano de Navarra, en la que, aunque fuera independiente, ya por entonces era idioma común junto con el vasco.


Lo cual nos lleva a la grafía y la fonética de nuestro idioma en los albores del XVI. De entrada, parece que por esas fechas no existía en el castellano el sonido de nuestra actual J, la fricativa velar sorda, cuyo símbolo en el alfabeto fonético internacional es precisamente /X/. Había por aquellos tiempos tres letras cuyos sonidos van a ir confundiéndose en esa etapa de transición idiomática: la g, la j (que es una evolución de la i) y la x. En una Gramática de 1559 se nos informa que la g tiene dos sonidos: uno “flojo” delante de a, o y u que es igual al actual, y otro más “fuerte” delante de e e i, y éste no es el actual (sonido de la J) sino el del italiano y francés delante de esas dos vocales (giorno, por ejemplo). La j sonaba como la misma grafía en francés (Jean). Finalmente, la x se pronunciaba como la ch francesa (chevalier) o como la sc italiana (sciuto), es decir, muy similar a como se sigue pronunciando en catalán.

En los tiempos del Santo, pues, en castellano no se pronunciaba el fonema /X/. De modo que la cantidad de palabras de nuestro idioma que ahora y entonces se escribían con J se pronunciarían como lo siguen haciendo los catalanes, por ejemplo. Multitud de nombres propios –Juan se diría Yuan, José, Yosé, Joaquín, Yoaquín–, pero también palabras de lo más comunes: oyos en vez de ojos, illos por hijos, etc. La ausencia del fonema /X/ hacía que los sonidos de ese castellano fueran mucho más similares al resto de lenguas romances, incluyendo desde luego las otras que se hablaban en la Península. Si, por otro lado, la localidad natal del Santo se escribía con X, hay que asumir que en sus tiempos se pronunciaría como una CH algo más suave. Esta suposición es congruente con la etimología del nombre –Etxeberri (casa nueva)– ya que probablemente la sílaba txe (che) derivaría a Xa (Cha).

Tenía yo la creencia de que la existencia de la fricativa velar sorda en nuestro idioma se debía a las influencias del árabe, pues en su lengua también existe. Pero, si bastante después de acabada la Reconquista no existía el fonema /X/, es obvio que no pudo ocurrir así. De hecho, según leo en algunos artículos de filólogos, a lo largo de la Edad Media, mientras convivieron ambas lenguas en la Península, la castellana tomó prestados numerosos arabismos pero convirtiendo los fonemas de la J y H aspirada a otros con los que contaba, mayoritariamente a la F, el que tenía mayor semejanza acústica (por ejemplo, al-jomra pasó a alfombra). Parece que la aparición del fonema de la actual J ocurrió a finales del primer tercio del siglo XVII, como evolución espontánea del idioma. Así, las palabras que hasta entonces se escribían con X y se pronunciaban como la CH francesa (Xavier entre ellas) pasaron a decirse con el sonido J actual. Décadas después el fonema no sólo pasó a representarse con la grafía J sino que, además, muchas de las palabras escritas con J y G fuerte cambiaron su pronunciación para adoptar la actual. Resultados de ese último y tremendo cambio fue que el castellano se llenó de palabras con el sonido /X/ y que la grafía X pasó a representar otro fonema distinto (el actual, equivalente a ks). Y, claro está, las palabras que escritas con X habían sido las primeras en adoptar el fonema /X/ se pasaron a escribir con J para mantener la nueva pronunciación.

A lo que no he encontrado aún explicación satisfactoria es al porqué de la aparición del actual sonido J en el castellano, máxime cuando se produce cuando el dominio geográfico de nuestra lengua incluía ya las Américas. ¿Cómo es posible que en un tiempo relativamente corto (aunque fuera en dos etapas) palabras que se pronunciaban de otro modo pasaran a decirse con un sonido muy distinto y, además, de mayor dificultad fonética? Este cambio radical se me antoja contra la lógica de la evolución fonética y tengo una tremenda curiosidad por saber sus causas. Pero, hasta que las averigüe, sentemos como datos ciertos que Xavier se escribía así en castellano en los tiempos del Santo, pero se pronunciaría más o menos Chavier (la ch algo más suave que la actual); que cien años después (en los primeros del XVII) pasaría a pronunciarse Javier, pero seguiría escribiéndose con X; y que finalmente, no sé hacia qué fechas, el fonema /X/ pasó a representarse con la J y –con la G delante de e e i– y Javier que ya se pronunciaba con el sonido de la J, pasó a escribirse también con esta letra. No obstante, durante algún tiempo, ese fonema se pudo escribir en castellano con las dos grafías (X y J) hasta que en la octava edición de la Ortografía de la lengua castellana (1815) se decidió eliminar el uso de la letra X como representación de ese sonido. Salvo, claro está, algunas contadas excepciones: México, Texas, Oaxaca ... Y el Xavier de mi amigo.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Cultura de la crueldad

En “La ética de la crueldad” (Premio Anagrama de Ensayo 2012), José Ovejero afirma que España es un país en el que la crueldad está especialmente presente. Tiendo a desconfiar de esas afirmaciones en las que nos adjudicamos puestos relevantes en cualquier tipo de ranking porque, entre otras razones, suelen responder a conclusiones bastante desequilibradas. El hecho de ser españoles –y, por tanto, estar familiarizados con nuestras costumbres– hace que necesariamente privilegiemos y exageremos las notas que conocemos frente a las de los otros países. Aún así, no parece que yerre Ovejero al referir que la presencia de la crueldad en las manifestaciones culturales de la historia española es más abundante que en otros entornos. Bien es verdad, que el autor, aún reconociendo que se trata de cosas distintas, mete en el mismo saco la crueldad y lo grotesco, entendiendo este adjetivo como síntesis de lo exagerado, la radicalidad, lo exaltado, la búsqueda de emociones fuertes y el rechazo a la reflexión calma. Visto así, se diría que es cierto que en la literatura y el arte españoles puede apreciarse un gusto, un descarado sesgo en tal sentido y, desde luego, con ejemplos demasiado frecuentes de representaciones de la crueldad. De otra parte, es conocido que España ha tenido fama de país bárbaro y cruel hasta no hace mucho (y no estoy seguro de que tal fama haya desaparecido completamente), lo cual, dicho sea de paso, era tanto motivo de rechazo como de atracción (piénsese en Hemingway, por ejemplo). Por tanto, una primera hipótesis sería que los españoles sienten (y han sentido históricamente) una mayor atracción hacia la crueldad que individuos de otros países. Aceptémosla provisionalmente porque, a falta de demostración concienzuda, no puede negarse que cuenta con suficientes indicios de verosimilitud.

Desde luego, si nos convenciéramos de que los españoles sentimos una atracción mayor de lo normal hacia lo cruel, habría que preguntarse el porqué. Pero esa investigación queda mucho más allá de mis capacidades, amén de que requeriría primero bastantes comprobaciones que habrían de llevarse a cabo con sistemática y rigor. Por ejemplo: varía esa atracción hacia lo cruel entre las distintas regiones españolas (sí, afirmarán los independentistas catalanes: nosotros no la tenemos tanto lo que es una prueba más de que no somos españoles). Pero no solo esa pregunta, habría que hacerse muchas más y me atrevo a pronosticar que nunca se arribara a conclusiones sólidas. Es lo que tiene meterse a investigar sobre los “caracteres de los pueblos”, sobre el “alma de una nación”, que el terreno es menos firme que la ciénaga más movediza. No obstante, insisto, admitamos nuestra primera hipótesis y, consiguientemente, planteemos la pregunta que surge inmediatamente: que en España haya una mayor atracción hacia la crueldad, ¿equivale a que los españoles sean –por término medio, claro– más crueles que otros nacionales? No me atrevo a afirmarlo categóricamente, pero de entrada uno tiende a pensar que sí. Enlazaríamos con lo ya comentado en el post anterior; la representación de la crueldad (algo que se asume que es más abundante en las manifestaciones culturales hispánicas) estaría satisfaciendo y sublimando las pulsiones de crueldad de los consumidores de las mismas. Visto a la inversa: una persona que no es cruel, ante la representación de la crueldad siente malestar, rechazo; por tanto, no casa que una población predominantemente compasiva desarrolle y consuma crueldades. Pero, repito, prefiero no sentar la que parece la conclusión lógica porque bien es verdad que el carácter humano es complejo y contradictorio. Lo dejaré en una sospecha.

Es una sospecha que a mí, en la medida en que soy español, me incómoda y avergüenza. Y, sobre todo, me irrita porque a tantos de mis paisanos las manifestaciones de esa “cultura de la crueldad” no sólo no parecen avergonzarles sino que, por el contrario, son motivo de orgullo y de reivindicación. Sin duda, los ejemplos más paradigmáticos los encontramos en las llamadas fiestas populares, elementos del “patrimonio inmaterial” de los pueblos, de las “sagradas y respetables tradiciones ancestrales”. Naturalmente (afortunadamente) poco a poco las cosas van cambiando, y no me cabe duda que antes o después estas exhibiciones de barbarie desaparecerán de nuestra geografía. Pero de momento, para escribir esta entrada, he querido someterme al mal trago de repasar las más relevantes de estas muestras, a modo de ejercicio personal para descubrir qué emociones despiertan en mí, tratar de activar mi crueldad oculta si sintiera algún atisbo de placer viendo esas fiestas brutales..

Empecemos por las aves en el mejor lugar posible, un pueblo llamado El Carpio de Tajo, en la ribera de ese río a mitad de camino entre Talavera de la Reina y Toledo. Villa de origen medieval –se aprecia en su trama, no tanto en su arquitectura, bastante anodina–, cuenta en la actualidad con unos 2.200 habitantes. Sus fiestas mayores son en honor a Santiago Apóstol, del 24 al 27 de julio y en ellas hay carreras de caballos enjaezados (con muy bonitos colores) con música folklórica de dulzaina y tamboril. Pero el plato fuerte es el llamado Correr de los gansos: se hincan dos postes en la plaza enlazados por una soga de la cual, amarrados por las patas, cuelgan gansos; la cosa consiste en pasar a caballo bajo la cuerda e intentar descabezar al palmípedo de un fuerte tirón (no es fácil, eh, el cuello resiste bastante). El jinete que lo logra enseña orgulloso la cabeza del ave y el público aplaude enfervorizado. Por lo visto, el rito se remonta a finales del siglo XVI, y se debería a un tal Martín Fernández de Olmedo, apodado el Indiano, que era militar de los Tercios de Flandes y que se inspiró en una costumbre alemana de la zona del Rin. Pero no está claro, porque leo por otra parte que fueron más bien oriundos carpeños quienes llevaron a Centroeuropa la que para ellos era una tradición desde que la villa fue arrebatada a los árabes. Lo cierto, según compruebo asombrado, es que la gracia festiva de descabezar un ganso al galope se celebra en una localidad cercana a Amberes, y en Hontrop y otros lugares de la cuenca renana (incluso fue llevada a Estados Unidos por emigrantes holandeses, aunque la práctica desapareció a finales del XIX). Desde luego, la fiesta auténtica, acorde con la tradición, era con gansos vivos. En 1984 (no hace tanto) el Gobierno Civil prohibió que se celebrara con animales vivos y, desde entonces, se les sacrifica el día antes. Por cierto, en un artículo de El País con motivo de las fiestas de este año, uno de los jinetes participantes declara que para ellos es una tradición y un orgullo y que ahora se celebra con gansos muertos porque se entendió que era innecesario que sufrieran (la dosis inevitable de cinismo políticamente correcto). En cualquier caso, uno se pregunta cómo a alguien puede gustarle (provocarle placer) ver arrancar la cabeza de un ganso. A mí, verlo en un video, aun sabiendo que el bicho está muerto, solo me produce malestar y rechazo.


Lo de descabezar gansos como tradición lúdico-festiva se celebra también todos los años en el Antzar Eguna (día del ganso), a primeros de septiembre en el puerto de Lequeitio. Como en El Carpio, el ganso cuelga de una soga sobre el agua, y hacia él se acercan las barcas de cada cuadrilla. Uno de los chavales se pone de pie y se agarra al animal y entonces, desde los espigones, se tensa con fuerza la cuerda haciendo que el participante se eleve varios metros de altura; después sueltan de golpe, y el chico cae al agua. El proceso se repite varias veces, hasta que las sucesivas sacudidas obligan al concursante a soltar el ganso o arrancarle la cabeza; gana quien más alzadas aguanta. Parece que la fiesta está documentada desde el XVII y, como en la villa toledana, era con gansos vivos hasta que se prohibieron en 1986. Por supuesto, a los lequeitiarras les parece algo muy suyo, que debe defenderse (y, como he leído en algún foro, que no les hablen de sufrimiento animal que a los bichos los han matado antes). También es cierto que en los últimos tiempos se han empezado a fabricar unos gansos con una goma especial que se asemeja a la textura muscular de los palmípedos. Es de agradecer, sin duda, pero sigue intrigándome la necesidad del maltrato animal –aunque sea simbólico– como fuente de disfrute.



Bueno, suspendamos por hoy esta incursión en la barbarie de la crueldad popular que he iniciado con el inofensivo ganso. Nunca he estado en estas fiestas (ni ganas, desde luego), pero al leer (y ver) sobre ellas, me ha venido a la memoria una escena de Historia de Mayta de Vargas Llosa, en la que el protagonista está en un bar frente a la estación de Jauja que se llama “El Jalapato”. Mayta le pregunta al dueño del local el porqué de ese nombre y éste le responde que obedece a “una costumbre practicada en las fiestas del 20 de enero en el barrio de Yauyos: se bailaba la pandilla y se colgaba un pato vivo en la calle que los jinetes y danzantes trataban de decapitar a la carrera, a jalones”. En su momento no me llamó la atención, pero ahora indago en Internet y compruebo que, en efecto, es una fiesta de gran prestigio en la que fue la primera capital hispánica del Perú. En el programa de 2013 leo que es una tradición de procedencia española que está enraizada en la fe del hombre andino como ofrenda en honor a los Santos patrones San Sebastián y San Fabián. En el video que adjunto un hombre explica detalladamente esta fiesta y dice que, en su origen, el pato simbolizaba al español y descabezarlo era una venganza simbólica de los nativos contra el opresor. También dice que ya se ha suprimido lo de matar al pato vivo pero, si es verdad, ha sido muy reciente porque he visto un video de 2011 en el que el pato estaba vivo.



jueves, 30 de noviembre de 2017

Crueldad (2)

En “Más allá del bien y del mal” (1886), Nietzsche nos dice que la crueldad, aquel animal salvaje, no ha muerto en absoluto, que lo que denominamos «cultura superior» se basa en la espiritualización y profundización de la crueldad. Viene a decirnos que la cultura lo que hace es la domesticación de la crueldad: “Lo que disfrutaba el romano en el circo, el cristiano en los éxtasis de la cruz, el español ante las hogueras o en las corridas de toros, el japonés de hoy que se aglomera para ver la tragedia, el trabajador del suburbio de París que tiene nostalgia de revoluciones sangrientas, la wagneriana que «aguanta», con la voluntad en vilo, Tristán e Isolda, lo que todos ésos disfrutan y aspiran a beber con un ardor misterioso son los brebajes aromáticos de la gran Circe llamada «Crueldad». De otra parte, Freud también sostuvo que una de las pulsiones intrínsecas del ser humano es la crueldad, la cual relaciona muy estrechamente con la pulsión sexual (“Tres ensayos de teoría sexual”, 1905).

¿Es verdad que forma parte de nuestro ser (del de los humanos) la pulsión de la crueldad? Es decir, ¿tenemos un “instinto básico” que nos hace disfrutar con el sufrimiento? Hago conmigo mismo experimentos mentales, me represento espectador o actor de sufrimientos ajenos y, desde luego, ninguna de esas escenas imaginadas me provoca el más mínimo agrado. Al contrario, algunas de ellas (pienso ahora en determinados pasajes de lectura) me generan profundo malestar que incluso somatizo. Sin embargo, eso no significa que esa pulsión no esté agazapada en los más hondo de mi psique, quizá reprimida como sostendría Herr Sigmund (en tal caso, bendita represión, digo yo). Lo que es cierto es que hay muchas personas que se excitan viendo porno que simula violaciones, y no pocas a las que violar añade una plus de placer al acto sexual. También hay gente que disfruta torturando, espero que pocos. Entonces, esos tipos –muchísimos si ampliamos el abanico– ¿no serían desviados patológicos? Su trastorno, si trastorno cabe llamarlo, ¿no sería, en vez de un fallo de la estructura psíquica, incapacidad de represión de un “impulso congénito”?

En el fondo, me da igual. Quiero decir que puedo aceptar que forme parte de nuestra naturaleza, pero prefiero seguir sosteniendo que es de esa parte diabólica, de nuestra parte inhumana, por más que lo dicho sea una boutade biológica. Pero enseguida me pregunto, ¿acaso no es la compasión también una pulsión básica, primigenia? Y si, como creo, es así, ¿es posible en un mismo individuo que coexistan ambas pulsiones? Como parece que la respuesta es afirmativa, habremos de admitir que la mente humana es capaz de aislar en compartimentos estancos emociones tan contradictorias. Un felón que está violando a una mujer y gozando a causa del sufrimiento de ella no puede, a la vez, sentir compasión por su víctima; sin embargo, de vuelta en su casa, puede llorar angustiado al encontrarse a su hijita enferma. He de aceptar que esto es así pero, sin embargo, reconozco no ser capaz de entenderlo, de “aprehenderlo”. ¿O será que –resabio de mi educación religiosa– no concibo nuestra naturaleza diabólica o, al menos, considero inadmisible que ella nos posea?

Pero el párrafo de Nietzsche (es el 229, para quien quiera releerlo) me vuelve a llevar a una idea muy vieja que, sin embargo, hace tiempo que no escucho en los debates sobre ciertos asuntos, entre ellos y sobre todo, el relativo a los toros. Me refiero a la sublimación (“espiritualización” dice el filósofo) de la crueldad en espectáculos para el consumo. El espectáculo de la crueldad vendría así a saciar, siquiera en parte, las pulsiones de crueldad de los individuos, evitando en consecuencia que necesitaran el ejercicio real de la crueldad. Lo cierto es que, a medida que se han ido sucediéndo las décadas, los espectáculos que consisten en actos de crueldad van sustituyéndose por los que representan tales actos. Las fiestas bárbaras de los pueblos (por ejemplo, la cabra que se defenestra desde el campanario) o la tan culta tauromaquia tendrían su origen, Nietzsche dixit, en la sublimación de la crueldad. El aficionado a los toros, al disfrutar del ceremonioso y maquiavélico sufrimiento que se inflige al animal hasta su muerte final, alimenta su crueldad. Los romanos saciaban la misma pulsión como espectadores del dolor de otros seres humanos. ¿No es lo mismo? “Moralmente” no, sin duda; no es lo mismo hacer sufrir a otra persona que a un animal. Sin embargo, ¿estamos seguros de que la fuente del placer no es la misma? Yo diría que sí.

Hay muchos aficionados a los toros que niegan que el placer que obtienen en una corrida se relacione con el sufrimiento del animal, sino que es de tipo estético. Puedo creerlo, pero me atrevo a suponer que para ser capaz de sentir esa emoción placentera (la estética) han tenido previamente que suprimir o reducir a niveles casi inapreciables la compasión. O sea, quiero suponer que un aficionado a los toros, mientras asiste a la corrida, no percibe el sufrimiento del animal, ha logrado –como decía en el post anterior– “deshumanizarse”. Entonces, todas esas personas que hay en la plaza, ¿son crueles? Podríamos (podrían), en sentido estricto, sostener que no, toda vez que su placer no proviene del padecimiento de la res. Sin embargo, aunque sea forzar los límites semánticos del término, yo diría que la suya podría calificarse como crueldad pasiva o derivada. Porque, me pregunto, ¿qué pasaría si a esos aficionados se les “obligara” a percibir el sufrimiento del toro? En ese momento, la compasión (si la tienen) habría de generarles un malestar que imposibilitara el que llaman goce estético; si no es así, algo me hace sospechar que uno de los componentes de ese deleite es, lo confiesen o no, precisamente el sufrimiento. Cabe imaginar varios “experimentos mentales” a los que someter a los taurinos para intentar deslindar cuánto de su placer es debido a sus crueldades personales, por más que éstas hayan encontrado en la afición a la fiesta un sublimación respetable, socialmente aceptada (cada vez menos). En todo caso, estos “crueles pasivos o derivados” quizá no sean estrictamente crueles –sin duda no son tan condenables como los verdaderamente crueles– pero intuyo que son farsantes de sí mismos.

Retomo el párrafo de Nietszche para plantear una duda: si es verdad que la civilización ha ido sublimando la crueldad instintiva del ser humano (el que me aferro a seguir llamando su naturaleza diabólica) a través de actos sociales de crueldad ritualizada y si, por otra parte, muchos de estos actos van siendo suprimidos porque repugnan a una sensibilidad más compasiva cada vez socialmente mayoritaria, ¿no estaremos forzando a los crueles a buscar sus fuentes de placer mediante actos mucho más dañinos? Para responderse creo que han de ponerse sobre la mesa bastantes factores, que ya los expondré en una próxima entrega.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Crueldad (1)

Cruel, dice el DRAE, es quien se deleita en hacer sufrir o se complace con los padecimientos ajenos. Es significativo que, etimológicamente, la palabra cruel (del latín crudelis) enlace con crudo (del latín crudus) y ambas tengan que ver con la sangre. Resulta que en latín, el término sanguis se refería a un líquido claro que discurría por el interior del cuerpo, distinto de la sangre roja que manaba a través de una herida, a la cual se denominaba cruor. Como se ve claramente, las dos palabras latinas tienen, a su vez, orígenes etimológicos muy distintos en ese útero lingüístico que es el indoeuropeo (en concreto, sanguis derivaría de la raíz esr-, mientras que cruor y emparentadas de –kreuhz). Parece que ya en el latín, la palabra cruor amplió su campo semántico para denominar la carne que sangra, es decir, la que no está cocinada sino cruda. Y mediante evoluciones semánticas análogas resultaría que pasaría a llamarse crudelis a quien se recreara en la sangre, sanguinario. El siguiente paso en el significado era casi obligado: quienes obtienen placer de la sangre suelen también obtenerlo del dolor ajeno en general. Así que la crueldad tiene su origen etimológico en la sangre, aunque ya en castellano no nos queden casi alusiones a este significado provenientes de dicha raíz (la que me viene a la cabeza es el adjetivo cruento).

La crueldad, desde el punto de vista psicológico, se define como una respuesta emocional de obtención de placer a partir del dolor ajeno. Leo que la crueldad es considerada como un signo de desajuste psicológico por la American Psychiatric Association. Consulto su conocido "Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” (DSM-IV) y no encuentro la crueldad mencionada explícitamente, quizá porque no es un trastorno en sí misma, sino un signo que apunta hacia alguno de ellos. En todo caso, a mí sí me parece que algo falla en la mente de alguien que siente placer con el sufrimiento ajeno, no me parece “normal” ni, desde luego, “sano”. Puedo entender que uno sienta alegría, placer, una emoción benéfica en suma, si ves que está sufriendo alguien a quien se odia. Pero, en estos casos, la respuesta emocional no deriva de una característica mental de crueldad intrínseca, sino que viene inducida por otra emoción previa negativa, el odio. Es más, tiendo a pensar que aunque odies a alguien, si la crueldad no forma parte de tu estructura mental, el verlo sufrir puede producir alegría inicialmente pero enseguida se torna en un sentimiento negativo.

Y es que creo no solo que es anómalo (y patológico) ser cruel sino que “lo normal” es ser lo contrario; es decir, lo normal, lo propio de la estructura psicológica humana es sentir emociones negativas ante el dolor ajeno. A las personas “normales” (¿sanas?) ver a alguien sufriendo nos genera una respuesta emocional negativa, nos sentimos mal. Lo contrario de la crueldad es la compasión y, para mí, esta emoción es una de las más propias y valiosas de nuestra especie. No me parece descabellado considerar que lo que llamamos deshumanización se caracteriza principalmente por la pérdida de compasión. Una persona cruel será, biológicamente hablando, tan humano como yo o cualquier otro, pero para mí está deshumanizado. Por cierto, crueldad y sadismo, si no sinónimos, casi. Y el sadismo, cuando se manifiesta en el ámbito sexual, sí está relacionado en la lista de trastornos mentales de la APA, codificado con la clave F65.5 dentro de las parafilias.

Si bien he dicho que compasión y crueldad son contrarios, tampoco los veo como extremos de un mismo eje psicológico. Quiero decir que un proceso deshumanización significa ser cada vez menos compasivo, pero ello no supone que uno pase a sentir placer con el dolor ajeno. Me parece bastante habitual que nos deshumanicemos casi a modo de protección frente a la presencia de tanto sufrimiento en nuestro entorno; digamos que procuramos, conscientemente o no, tanto no conocer el sufrimiento ajeno como amortiguar nuestra sensibilidad compasiva para no sentirnos tan mal ante el que inevitablemente se nos presenta. De hecho, estaremos de acuerdo en que nuestra sociedad fomenta los mecanismos anestésicos de la compasión. Pero que reduzcamos nuestra compasión (que nos duela menos el dolor ajeno, incluso que llegue a no dolernos nada) no lleva en absoluto a que nos produzca placer. Para eso hace falta algo más que no aparece por la pérdida de la compasión.

Para mí, pues, hay una diferencia cualitativa radical entre la compasión y la crueldad. Lo que llamo deshumanización (de la sociedad, de un individuo), con ser grave y triste, forma parte de nuestra naturaleza. Jugando con las palabras: podemos deshumanizarnos (perder compasión) porque somos humanos. La crueldad me parece ajena a esa idea de humanidad. Ciertamente, es una emoción de nuestra naturaleza, pero para entenderme, de una naturaleza que aunque sea la de nuestra especie biológica, me niego a considerar integrada en el concepto de lo humano. La crueldad es un atributo diabólico o monstruoso, como se prefiera. Quien siente placer con el dolor ajeno no está deshumanizado sino inhumanizado, es inhumano.

PS: Las tres imágenes que ilustran este post son los tres primeros grabados de la serie Las cuatro etapas de la crueldad, publicados por el artista inglés William Hogarth en 1751.

martes, 28 de noviembre de 2017

Animales circenses (1)

Zapeo y caigo en un debate en la televisión canaria. Me entero de que está a punto una nueva Ley de protección de animales y que se prohibirán en el archipiélago los espectáculos circenses con animales. Luego compruebo que sí, que es verdad: el artículo 8 establece que “de acuerdo con la prohibición establecida por esta Ley, los circos que incluyan en sus espectáculos animales de cualquier tipo, no podrán ser autorizados para ejercer su actividad en Canarias con tales animales y se impedirá que se anuncien con carteles que incluyan imágenes de actuaciones con animales”. Deduzco que la prohibición a que se refiere es una de las comunes relacionadas en el artículo 6; en efecto, la letra c) prohíbe “la utilización de animales de cualquier especie o raza en peleas, espectáculos o cualesquiera actividades que comporten maltrato, crueldad o sufrimiento” y, para que no haya dudas, se aclara que se “entienden incluidos en esta prohibición los espectáculos circenses en que se empleen animales de cualquier tipo”.

Esta prohibición viene justificada en la Exposición de Motivos con el siguiente texto: “Se ha considerado que la imagen que proyectan hacia el público –especialmente el infantil– los circos que realizan espectáculos con animales, en los cuales se les muestra en actitudes contrarias a su etología, distan mucho de lo que hoy se entiende por el respeto y la protección de los animales”. A continuación, el legislador dice que la Ley deja fuera de su ámbito de aplicación los parques zoológicos porque es competencia básica del Estado (Ley 31/2003, de 27 de octubre, de conservación de la fauna silvestre en los Parques Zoológicos), además de que el parque zoológico no es sólo una actividad lucrativa (como el circo) porque “sin dejar de ser espectáculo, aporta un indudable valor científico, cultural y divulgativo; y realiza inversiones en investigación, respetando lo cuidados que el animal merece”. No termina de ser muy convincente la explicación, máxime cuando en Tenerife hay un complejo zoológico (Loro Parque) que es un negocio privado tremendamente lucrativo y en el que se realizan espectáculos con animales.

En todo caso, la futura Ley canaria no hace sino subirse a un carro que lleva ya unos años rodando, aunque he de reconocer que no me había enterado. Parece que los defensores de los “derechos” de los animales llevan ya tiempo oponiéndose a los espectáculos circenses, en particular con animales salvajes. Hoy, la escena del domador con látigo encarándose con tigres o leones o elefantes resulta demasiado rancia cuando no hiriente a muchas sensibilidades. En este contexto, leo que la mayoría de los países de la Unión Europea han prohibido ya estas prácticas. No es el caso de España, al menos no a nivel estatal. Hay una razón jurídica y es que la competencia legislativa sobre protección de los animales es de las Comunidades Autónomas. La mayoría de las normas autonómicas son de la década de los noventa y naturalmente no prohíben específicamente los espectáculos circenses con animales (todas prohíben con carácter general “maltratar a los animales o someterlos a cualquier práctica que les cause daños”). Pero las cosas van cambiando, empezando por Cataluña que introdujo esta prohibición concreta mediante una modificación de 2015 (aclaro que prohíbe los espectáculos con animales de la fauna salvaje, mientras que la futura ley canaria va más allá y prohíbe cualquier tipo de animales). Posteriormente, en los últimos meses, la misma prohibición ha sido incorporada a leyes autonómicas de Baleares, Galicia y Murcia.

No me resisto a comentar a modo de paréntesis que, si bien como ya he dicho la competencia en protección de animales (y en espectáculos, dicho sea de paso) es exclusiva de las Comunidades Autónomas, el Estado siempre puede recurrir ante el Constitucional normas de esta materia alegando que invade la competencia estatal en materia de defensa del patrimonio cultural, artístico y monumental español, como hizo –con éxito– para oponerse a la prohibición de los espectáculos taurinos en la Ley catalana ya citada (la sentencia del TC es del 20 de octubre del año pasado y merece ser leída y, en mi opinión, criticada). Es decir, cabría que el Estado declarase que los espectáculos circenses con animales salvajes son parte del patrimonio cultural común de los españoles si es que quisiera oponerse a que se prohibieran. Yo supongo que al PP no le hace ninguna gracia esta prohibición, pero también me da la impresión de que, a diferencia de lo ocurrido con los toros, no va a dar pelea en este asunto. Así que cabe esperar que la prohibición canarias, de ser finalmente aprobada, no sea recurrida por el abogado del Estado.

Aunque, como ya he dicho, la prohibición legal diste mucho aún de consolidarse en España, desde hace ya tiempo se viene extendiendo un estado de opinión contra los circos con animales cuya expresión más visible es que cada vez son más los ayuntamientos que aprueban ordenanzas que impiden (con dudosa legalidad) estas actuaciones en sus términos municipales. La página infoCIRCOS (coalición contra la utilización de animales salvajes en actuaciones circenses) aporta la lista de más de 450 municipios del Estado que han aprobado ordenanzas que impiden la instalación de circos con animales en sus términos municipales. A principios de este año hubo cierta polémica con el anuncio del grupo de gobierno del Ayuntamiento de Madrid de que se estaba redactando una ordenanza que prohibiría estos espectáculos. Todo lo que ocurre en la capital del reino tiene mucha repercusión mediática (un poco por el exceso de centralismo de este país y otro poco por Carmela y sus muchachos); sin embargo ignoraba hasta hace un momento que desde abril del año pasado esta prohibición rige en Santa Cruz de Tenerife, la ciudad en que resido, pero también en otros cinco municipios de la Isla, en la totalidad de Fuerteventura y en 9 más del resto del archipiélago. Así que, al fin y al cabo, la futura Ley no va sino a generalizar una prohibición que, desde la escala local, está ya bastante extendida en Canarias.

Hasta aquí una breve reseña de la situación legal a la fecha. Pero lo que me ha motivado a tratar este asunto es conocer los argumentos al respecto y lo cierto es que ni he empezado a revisarlos. Lo dejo para la siguiente entrega.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Twyp

Según datos del Estudio sobre comercio electrónico B2C 2016, del Observatorio Nacional de Telecomunicaciones, el volumen total del negocio el año pasado fue de 23.354 millones de euros, lo que supuso un crecimiento del 22,2% respecto del 2015. Estamos hablando de las compras de bienes y servicios realizadas a través de Internet (naturalmente con medios electrónicos de pago) por consumidores finales a empresas. Sin duda, esta forma de comercio es ya conocida por casi todos y casi todos la utilizamos; ahora bien, todavía es muy minoritaria en relación al consumo total de los hogares españoles (632.320 millones de euros en 2016), pues apenas representa el 3,7%. Es decir, por mucha alharaca con esto del e-commerce, lo cierto es que la gran mayoría de las compras las seguimos haciendo yendo al correspondiente establecimiento, interrelacionándonos con los vendedores y saliendo con nuestras adquisiciones (cuando se trata de bienes, claro). Por mucho que siga creciendo el comercio electrónico me resulta poco creíble un futuro en el que en las ciudades hayan desaparecido –o casi– las tiendas, que el “ir de compras” se haya convertido en una actividad extinguida –o casi–, todo ello porque los consumidores (término más adecuado que ciudadanos, dicho sea de paso) se provean de los bienes que necesitan (o desean) a través de compras telemáticas que luego le son servidas (cuando no son descargables) en sus domicilios.

Pero, si bien no creo que vaya a ver la cuasi-desaparición del comercio presencial, sí me parecía bastante más inmediata la del dinero en efectivo, sustituido por medios de pagos electrónicos. En realidad, a estas alturas, el dinero que cada uno de nosotros tiene no es otra cosa que apuntes contables en las cuentas corrientes de bancos, más la escasa cantidad que llevamos encima en billetes de euros; de modo que, ¿por qué no suprimirlo y que cada transacción se resuelva mediante los inmediatos apuntes contables en las cuentas del comprador y vendedor? Es decir, en vez de darle a Lucho monedas por un valor de 3,20 euros del desayuno de media mañana, al hacer la transacción mi cuenta corriente se reduciría en esa cantidad y la suya o la del bar aumentaría en la misma; o sea, una transferencia inmediata de mi cuenta a la suya. Aunque no sea exactamente lo mismo, es la función que vienen cumpliendo desde ya hace bastante tiempo las tarjetas de crédito/débito: que el usuario no lleve dinero. Pero el pago con tarjeta parece limitado (al menos psicológicamente) a ciertas compras, no para los pequeños gastos como el de los cafés de un bar.

De otra parte, en los últimos tiempos han ido apareciendo aplicaciones para descargas en el móvil que te permiten pagar (o incluso más gestiones) servicios tradicionales (no de comercio electrónico). La primera que he conocido (y utilizo) es la del tranvía del área metropolitana. En vez de comprar el bono en las máquinas de las paradas, “cargas” el saldo de la aplicación (mediante la tarjeta o pagando en efectivo en esas máquinas) y, cada vez que entras al tranvía, enfocas con el móvil hacia una pegatina con el código QR y la aplicación te descuenta el precio del viaje. Por supuesto, hay bastantes más empresas que ofrecen apps que funcionan de modo similar. El problema para mí es que tener una aplicación por servicio es poco práctico; si de lo que se trata es simplemente de pagar, mucho más sencillo sería que los vendedores admitieran apps genéricas, las que se han dado en llamar monederos virtuales o e-wallets.

Sin embargo, para mi sorpresa, las e-wallets distan aún mucho de ser de uso habitual. Y digo que para mi sorpresa porque hace ya dos o tres años, en una conversación entre amigos, pronostiqué muy convencido que para estas fechas la gran mayoría de los usuarios de móvil (o sea, casi todos) habría sustituido el efectivo por estas aplicaciones. Y es que le veía un montón de ventajas, desde la seguridad de no llevar dinero encima hasta la comodidad de evitarse los viajes al cajero automático. Pues no, parece que los españoles (los europeos en su conjunto también) son reacios al uso de estas aplicaciones. Así, según una noticia reciente de Reuters, el 79% de las transacciones en puntos de venta “reales” fueron realizadas con efectivo en la zona euro, pero en España ese porcentaje se eleva al 87%. Me supongo yo, que el 13% de pagos con otros medios será mayoritariamente mediante tarjeta, no con aplicaciones del móvil (al menos, yo todavía no he visto a nadie pagando en una tienda con el móvil). Como imaginaba, el efectivo los españoles lo reservan para los gastos de pequeña cuantía, lo que nos obliga a llevar un promedio en torno a 60 euros en la cartera (y, por tanto, hacer frecuentes viajes al cajero).

Como en casi todo este tipo de aplicaciones, su éxito se basa en que sea usada de forma generalizada. En concreto, que haya bastantes comercios (lo ideal, que fueran casi todos) en los que te aceptaran pagar con el móvil. Este viernes, un compañero del trabajo me contó –no recuerdo cómo salió el tema– que el usaba Twyp, una app para el móvil propiedad del banco ING, aunque para usarla no hace falta ser cliente de dicha entidad. Así que me la bajé al móvil y ayer por la mañana pasé un buen rato configurándolo (básicamente, dando a ING mis datos personales y bancarios). Al abrirla, me mostró un mapa de mi entorno y sobre el mismo, marcados los comercios que aceptaban Twyp como medio de pago. Uno de ellos era el Mercadona en el que suelo hacer la compra semanal justamente los sábados, de modo que decidí que lo probaría sobre la marcha. Me llamó la atención que en estos comercios vinculados con la aplicación, además de pagar tu compra, podías sacar dinero en efectivo (lo que en anglosajón se denomina cashback). O sea, que la caja del supermercado (o de la gasolinera, etc) se convierte en un cajero automático. Como ya conté en un post anterior, a mí esta posibilidad me va a resultar muy útil, evitándome viajes al único cajero del que dispongo. También la aplicación vale para pasar dinero a otro particular (lo que comprobé que funcionaba con K) quien, claro está, ha de tenerla instalada en su móvil. Si acumulas demasiado dinero en el móvil también se puede ingresarlo en la cuenta corriente a la que Twyp está asociada.

En fin, que lo poco que curioseé una vez que la tuve en mi poder me gustó. Luego, hacia el final de la mañana, fui a hacer la compra al Mercadona al que me he referido. Después de pasar todas las mercancías por la caja (85 euros) le pregunté a la cajera si podía pagar con la aplicación del móvil. Me contestó que no tenía ni idea, que ella de informática nada de nada. Pero, le expliqué, me dice que este Mercadona admite el pago; no te digo que no, pero yo no sé cómo es. Abrí la aplicación, le di a pagar y me salió un código que tenía que enseñárselo a la cajera, pero ella no sabía qué hacer. Como había bastante gente en la cola no era cuestión de hacer más pruebas ni de pedir que viniera alguien más puesto, así que saqué la tarjeta y pagué con el medio consolidado de “no efectivo”. Como dije antes, el éxito de una aplicación de este tipo radica en que se generalice su uso, tanto entre consumidores como establecimientos; pero lo que es deplorable (y no me esperaba) es que los empleados de uno de esos comercios asociados no tengan la más mínima noticia de su empleo. Bueno, seguiré probando.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Prisión provisional

Artículo 502 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal (LEC): 2. La prisión provisional sólo se adoptará cuando objetivamente sea necesaria, de conformidad con lo establecido en los artículos siguientes, y cuando no existan otras medidas menos gravosas para el derecho a la libertad a través de las cuales puedan alcanzarse los mismos fines que con la prisión provisional.

Artículo 503 LEC: 1. La prisión provisional sólo podrá ser decretada cuando concurran los siguientes requisitos: 3º. Que mediante la prisión provisional se persiga alguno de los siguientes fines:
a) Asegurar la presencia del investigado o encausado en el proceso cuando pueda inferirse racionalmente un riesgo de fuga.
b) Evitar la ocultación, alteración o destrucción de las fuentes de prueba relevantes para el enjuiciamiento en los casos en que exista un peligro fundado y concreto.
2. También podrá acordarse la prisión provisional … para evitar el riesgo de que el investigado o encausado cometa otros hechos delictivos.

En su Auto de 2 de noviembre, la jueza de la Audiencia Nacional Carmen Lamela Díaz examina la procedencia de la prisión preventiva a la luz de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, la cual viene a decir lo mismo que los artículos de la LEC citados más arriba: que los riesgos a prevenir son la sustracción a la Justicia (escaparse), la obstrucción (alterar o destruir pruebas) y la reiteración delictiva. Tras el repaso de los hechos y de la situación de los procesados, la jueza concluye que se aprecian los tres riesgos citados, por lo cual ordena la prisión provisional comunicada y sin fianza para todos salvo para el conceller que dimitió Santi Vila.

Una semana después, en su Auto de 9 de noviembre, el magistrado del Tribunal Supremo Pablo Llarena Conde, se enfrenta a la misma decisión que Lamela, siendo los encausados Forcadell y otros miembros de la Mesa del Parlament. A diferencia de la jueza, este magistrado, al examinar la doctrina constitucional sobre la medida cautelar de prisión, pone de manifiesto en primer lugar el carácter excepcional de la misma, subrayando que para adoptarla, además de los requisitos ya mencionados de la LEC, debe ser proporcional e idónea y, sobre todo, si contribuye a los mismos fines, debe preferirse cualquier otra medida menos restrictiva. Luego, estima que el riesgo de fuga de Forcadell, aún existiendo, se difumina por haberse presentado cuantas veces ha sido citada por el TSJC, en contraste con otros acusados que se encuentran fugados (Puigdemont & Co). Al evaluar el riesgo de reiteración en el delito, al magistrado le basta con que los acusados le aseguren que renuncian a cualquier actuación fuera del marco constitucional. Finalmente, entiende que no cabe que los investigados destruyan pruebas porque las de su delito son públicas (disposiciones legales). De modo que, si bien con una fuerte fianza, dejó en libertad provisional a Carme Forcadell.

Al margen de que me parece bastante claro que las sensibilidades hacia la prisión preventiva son muy distintas en la jueza y en el magistrado, también es verdad que las acusaciones a ambos grupos de encausados no son exactamente iguales. Ahora bien, lo que durante los pasados días ha sido remarcado por analistas políticos y tertulianos como la diferencia clave es la que, burlonamente, se ha dado en llamar doctrina Forcadell y que vendría a decir que para obtener la libertad provisional el imputado ha de abjurar de sus errores mediante el acatamiento del 155 y la admisión de que va a actuar a partir de ahora dentro de la Constitución. Así, los encarcelados por Lamela, que están pidiendo que les dejen salir, parece que se dividen en dos: Junqueras y los de ERC que se niegan a admitir el 155, y los dePdCat que sí lo harían. En mi opinión, creo que poco, casi nada, tiene que ver (o debería tener que ver) ese hipócrita propósito de enmienda con que se les excarcele.

Verdad es que el magistrado Llarena considera que esas promesas de Forcadell y compañeros contribuyen a reducir el riesgo de que reitere en los delitos. Pero me parece un mero adorno retórico, sin peso real en la evaluación del riesgo. Porque, dijera Forcadell lo que dijera, en la situación en que está Cataluña (intervenida por el Estado en virtud del 155) y por más que nominalmente siga siendo la presidenta del Parlament, no tiene casi ninguna posibilidad de reiterar su comportamiento delictivo (que no sería otro que adoptar decisiones que reforzaran el procés). Esa es la situación objetiva –que a mi juicio es aplicable también a los encarcelados del Govern–, a la cual ni suma ni resta nada la promesita del niño Jesús de que a partir de ahora va a ser buena. A senso contrario, si el Estado no hubiera aplicado tan duras medidas y la Forcadell (y los miembros del Govern) volvieran a sus cargos anteriores, el riesgo de que desde ellos reiteraran sus comportamientos delictivos sería muy alto, y desde luego no disminuiría un ápice por mucho propósito de enmienda que declararan.

En resumen, que tengo la sensación de que, después de lo ocurrido con la Forcadell, muchos de los comentaristas políticos (obviamente de los no independentistas) comparten las ganas de que los reos hayan de pagar el precio de la humillación para salir de la cárcel. De ese modo, creo, no solo satisfacen un cierto afán revanchista sino que obtienen argumentos para ridiculizarlos ante sus seguidores, para poder acusarlos por enésima vez de engañar a los catalanes y calificarlos con no pocos epítetos más. A mi modo de ver, eso no es bueno. En primer lugar, porque no creo en absoluto que el que Forcadell y eventualmente los consellers se desdigan de lo que han hecho tenga ningún efecto persuasivo en los muchos y fervorosos independentistas; al contrario, lo tomarán como un ejercicio de legítima defensa ante las presiones antidemocráticas del Estado español. Pero no me parece bueno, sobre todo, porque de nuevo en la administración de justicia se estarían introduciendo factores extrajudiciales, casi me atrevería a decir que políticos; y ello supone debilitar la imagen de rigor y objetividad del poder judicial español y facilitar justamente a los independentistas más argumentos para su demagogia. En resumen, que ojalá concedan la libertad provisional a Oriol Junqueras y sus coleguitas, pero no se la condicionen al paripé de prometer cumplir la Constitución; ¿acaso no lo prometieron al acceder a sus cargos?